Politica Regional

1Cómo vivió Peña Nieto la tunda. Al conocer los resultados, el Presidente no mencionó nombres, cabezas, cambios, estrategias rupturistas. Ni golpes de timón ni manotazos. Si llegó a conclusiones, se las guardó.
No era invitación a la fiesta, pero podía derivar en eso. Así que el domingo, el Presidente convocó a sus más cercanos a eso del mediodía a la residencia oficial para lo mismo: estar juntos en la jornada donde se renovaban doce gubernaturas. Videgaray, Nuño, Guzmán, Gamboa, Sánchez, Ruiz Masseiu. ¿Cómo estuvo el Presidente?, le pregunto a algunos testigos. Sereno, coinciden en contestar… El PRI, la corrupción y el 2018. De acuerdo con las encuestas, la gran mayoría de los mexicanos percibe al PRI como un partido corrupto… Rumbo a 2018, el PRI ya no puede seguir jugando con las mismas cartas –Beltrones, Gamboa, los “jóvenes viejos” de Atlacomulco o Hidalgo y gobernadores autoritarios y corruptos. Necesitan algo auténticamente nuevo para ganar. No sólo caras frescas, sino comprometidas con una de las mejores características históricas del priismo: el reformismo como instrumento para mantenerse en el poder. Y la reforma más importante que necesita México es la que construya instituciones sólidas, con dientes, para combatir la corrupción. Más pronto que tarde veremos si el PRI está en esta tesitura

Durante la jornada electoral del domingo, el Presidente Enrique Peña Nieto acudía constantemente a su teléfono para chatear y revisar internet. Describen a un espectador más que un protagonista. Un Presidente que optó por esperar el resultado y no andar operando políticamente a la “hora de la hora” con gobernadores y candidatos. De eso se encargaron, desde sus respectivas oficinas, Miguel Osorio Chong y Manlio Fabio Beltrones.
Osorio, me dicen fuentes, instaló una especie de búnker para mantener el pulso minuto a minuto. Con sus colaboradores más cercanos se mantuvo en Gobernación durante el día. Beltrones diseñó un sistema piramidal que permitía rastrear la apertura de casillas, la movilización de sus militantes, las encuestas de salida, las irregularidades hasta los conteos rápidos y los resultados oficiales, revela Carlos Loret de Mola.
Todo colapsó: las encuestas, los operadores, los gobernadores. Asombró a los funcionarios federales la falta de control, pero sobre todo de información fidedigna. Hubo algunas perlas: Al atardecer, el veracruzano Javier Duarte reportaba que el PRI iba arriba por 3 puntos y ya por la noche solamente aceptaba que el resultado “se había cerrado”. En realidad la perdió por 4 puntos porcentuales.
A las siete de la noche, César Duarte, de Chihuahua, todavía decía que el PRI llevaba ventaja de ¡5 puntos! Le habían ganado por 8.
En Durango decían que iban adelante. También en Aguascalientes. En Quintana Roo, lo mismo: estaba confiado Borge. Puras mentiras.
Fue un domingo en el que conforme anocheció, al PRI “se le vino la noche”.
Porque después de la comida, sus cálculos era que se llevaban cuando menos ocho gubernaturas.
Pero conforme avanzaron las horas, las supuestas ventajas se desvanecieron y las elecciones cerradas se volvieron cómodos triunfos para el PAN. Y así fueron cayendo Veracruz, Chihuahua, Tamaulipas, Quintana Roo, Durango, Aguascalientes, recuerda Loret de Mola, a quien hay que reconocer el alto profesionalismo e imparcialidad conque se condujo ese domingo en sus espacios de radio, televisión y en sus cuentas personales de Twitter y Facebook.
Cuando Beltrones y Osorio dejaron sus oficinas y se sumaron al grupo en Los Pinos, llevaban los resultados y los rostros de luto. Me dicen que el presidente los recibió cariñosamente y se mantuvo tranquilo mientras recogió opiniones sobre qué hacer en adelante. Hablaron del Estado de México, la elección clave del próximo año.
Pero el primer mandatario no mencionó nombres, cabezas, cambios, estrategias rupturistas. Ni golpes de timón ni manotazos. Si llegó a conclusiones, se las guardó. A eso de las tres de la mañana se despidieron. Vapuleado el ánimo ante una derrota que no vieron venir y de la que nadie les advirtió… ni siquiera horas antes.
Por su parte, Leo Zuckermann dice que Enrique Peña Nieto pudo haber pasado a la historia como uno de los mejores presidentes de México. Logró algo verdaderamente trascendental: pasar varias reformas estructurales a fin de modernizar la economía nacional. Pero no aprendió la lección histórica del salinismo: que el reformismo no se puede mezclar con la corrupción. Cuando un presidente reforma, toca intereses muy poderosos, intereses que se ven perjudicados y que van a tratar, a toda costa, de postrar al gobierno que los afectó.
Y el peñismo tenía una debilidad muy grande que eventualmente apareció: el gusto por las mansiones “financiadas” por contratistas de obra pública. El gobierno recibió un golpe con el descubrimiento de la Casa Blanca y otras más. Se le comenzó a percibir como corrupto; ahí se esfumó la posibilidad de Peña de pasar a la historia, como se le fue a Salinas cuando aparecieron las fortunas inexplicables de su hermano Raúl, decía ayer Leo Zuckermann en sus “Juegos de Poder”.
Hoy Peña es el Presidente más impopular de todos desde que se comenzaron a levantar encuestas en los años ochenta. A esto hay que sumar, ahora, la contundente derrota que sufrió su partido, el PRI, el domingo pasado. Los electores les dieron una patada en el trasero a seis gobernadores priistas: Aguascalientes, Chihuahua, Durango, Quintana Roo, Tamaulipas y Veracruz. Salvo el caso hidrocálido, todos estos estados estaban muy mal gobernados: ineficaces, autoritarios y/o corruptos.
Con los resultados del domingo, me parece que está terminando una época del PRI. El PRI que, ante la derrota presidencial en 2000, se refugió en los estados y, desde ahí, fue construyendo un esquema para regresar a Los Pinos. Aprovecharon que los presidentes panistas no tenían fuerza en el Congreso para mandar carretadas de dinero a los gobernadores, la gran mayoría de ellos priistas, y otorgarles una completa impunidad para gastárselo.
En este esquema teníamos, por un lado, dos personajes de colmillo largo que manejaron con mucha maña las dos cámaras del Poder Legislativo: Gamboa y Beltrones. Tanto Emilio como Manlio negociaron para darles votos en el Congreso a los presidentes a cambio de fortalecer a los gobernadores.
Del otro lado estaba una supuesta nueva generación de políticos priistas en los estados: Medina en Nuevo León, Duarte en Veracruz, Borge en Quintana Roo, por ejemplo. Todos jóvenes, pero que rápidamente aprendieron la peor característica del priismo: la corrupción.
La pinza de poder entre Congreso y gobiernos locales fue lo que permitió que uno de los gobernadores jóvenes, el más destacado y carismático de todos, el de la entidad más poblada del país, diera el salto y recuperara la Presidencia en 2012. Pero, por desgracia, Peña no entendió que no era lo mismo gobernar el Estado de México que la República entera. Algo que a lo mejor podía ser tolerable para la opinión pública mexiquense no lo era para la nacional: que un contratista le “financiara” una lujosa casa a la esposa del Presidente.
Así llegamos a la situación actual en la que, de acuerdo con las encuestas, la gran mayoría de los mexicanos percibe al PRI como un partido corrupto, tanto en el gobierno federal como en los locales. Esto lo ha aprovechado muy bien el PAN –gran ganador del domingo– a sabiendas de que la sociedad está harta de los abusos de poder.
Las alarmas deben estar prendidas en Los Pinos y en el PRI nacional. Si quieren volver a ganar en 2018 la Presidencia, necesitan presentar algo nuevo. No caras jóvenes, como las de gobernadores que resultaron de la peor calaña, o la de un Presidente que, como dice Enrique Krauze, es un “joven viejo. Piensa como viejo, actúa como viejo, tiene ademanes de viejo”.
Ni qué decir de los viejos que ya se ven Gamboa y Beltrones que vienen del antiguo régimen (Manlio, un político de lo más sazonado del país, se vio apabullado por Ricardo Anaya, presidente del PAN, en un debate el domingo pasado; ante la falta de argumentos, Beltrones lo atacó por joven cuando la gran mayoría del electorado mexicano es… joven).
Rumbo a 2018, el PRI ya no puede seguir jugando con las mismas cartas –Beltrones, Gamboa, los “jóvenes viejos” de Atlacomulco o Hidalgo y gobernadores autoritarios y corruptos. Necesitan algo auténticamente nuevo para ganar. No sólo caras frescas, sino comprometidas con una de las mejores características históricas del priismo: el reformismo como instrumento para mantenerse en el poder.
Y la reforma más importante que necesita México es la que construya instituciones sólidas, con dientes, para combatir la corrupción. Más pronto que tarde veremos si el PRI está en esta tesitura.

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